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Contra el olvido

por Asunción Vacas Hermida

   

 

enero, 2003

 

Queremos comenzar este año con un pequeño homenaje a todas las personas que por diferentes circunstancias han tenido que abandonar los lugares donde nacieron y crecieron para marcharse a vivir a otros países, bien porque no les quedaba otro remedio si querían seguir con vida o bien porque tenían que mantener económicamente a sus familias desde la distancia, o quizás también, para realizar algún sueño que en sus hogares parecía imposible.
Cuando hace unos días realizábamos la entrevista de nuestra galería a Antonia y a Tito, hijos de la primera generación de españoles que llegaron a Alemania en los sesenta, ellos recordaban a sus padres, nos hablaban de las diferencias culturales entre esas generaciones que han protagonizado la emigración. Ellos que ya se sienten europeos y pertenecientes a herencias culturales de aquí y de allá, saben que el camino ha sido largo y difícil.
Para aquellos españoles o latinoamericanos que llegaron a Alemania hace ya algunas décadas y para los que siguen llegando, recogemos a continuación un pequeño fragmento del libro Etica para un mundo global de la filósofa Amelia Valcárcel.
Empezamos así este 2003 con una invitación a la memoria, a la de cada uno, y con una propuesta de reflexión sobre los valores morales, sociales y políticos que deseamos para nuestras sociedades en el futuro. Las páginas de este libro se inspiran en el humanismo de tradición europea que desemboca en las Declaraciones de derechos humanos del siglo XX; herencia que se revisa desde los interrogantes que plantea la convivencia multicultural.

   

 

Contra el olvido

"En los sesenta, colas de españoles llevando maletas atadas con cuerdas se apiñaban en los pasos de la frontera francesa. Bajaban de la clase tercera de los trenes. Muchas veces el contenido de los equipajes acababa sobre la mesa de la aduana: alguna ropa interior, un par de blusas o camisas, otras escasas prendas de vestir. Comida. La comida era inmediatamente confiscada y tirada a un montön detrás del gendarme. De este modo el emigrante entraba con lo puesto y un pasaporte de turista a una sociedad, mejor situada que la suya, de la que desconocía el idioma, los usos y las costumbres.

En unos pocos años aquella persona regresaba con un vestuario que daba asombro a sus vecinos, hablando a gritos una lengua extraña y con una maleta flamante a la que acompañaban multitud de paquetes. En ocasiones iban colocados en la baca de un coche (sea pronunciada esta palabra con sumo respeto), de tamaño, forma y color desconocidos por estos andurriales.

La "gente bien" de toda la vida no se dejaba fascinar por aquellos oropeles. Esperaba, por el contrario, que los hijos de aquel "piojo resucitado" volverían al terrön y la obediencia, pero no fue así-: se educaron en colegios y liceos extranjeros, adquirieron las destrezas exigibles y se integraron, desde éste u otros paises, en una Europa ahora única.

Es humano desear algo mejor que lo que se tiene y sacrificarse para obtenerlo. Buena parte de nuestra actual prosperidad fue edificada por el trabajo de nuestros emigrantes que, con un ahorro abnegado, cambió las expectativas y la prosperidad de sus familias. Los que ahora buscan entrar en nuestra Europa rica y pacífica no quieren nada distinto de lo que nosotros mismos queríamos en el pasado reciente. No podemos permitirnos olvidar lo que fuimos a la hora de recibir y tratar a los que vienen. En nuestro caso el valor principal no ha de ser la tolerancia multiculturalista, sino el propiciado por la memoria que hace del otro un "uno mismo"."

Valcárcel, Amelia (2002): Etica para un mundo global. Una Apuesta por el humanismo frente al fanatismo. Madrid, Ediciones Temas de Hoy, págs. 39-40.

 

 

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