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Serie Cuba: El malecón

El malecón

Cuando vi por primera vez el Malecón, me quedé un poco decepcionado. Algunas guías de viajes decían que es el paseo más bello del mundo o mejor dicho, que lo había sido antes, con sus largos kilométros al borde del mar y sus maravilllosas casas de estilo modernista. Una primera mirada al malecón viniendo desde el centro de la ciudad evidencia que este paseo no tiene nada que ver con los ordenados y cuidados bulevares de las playas del Mar Báltico, pero tampoco con el bullicioso encanto de algunos lugares de la costa mediterránea.

El Malecón de la Habana es un símbolo de Cuba. Todo está cambiando. Con un poco de fantasía uno se puede imaginar lo bellos que fueron muchos edificios antes; pero el estilo, armónico quizás en otra época, ha sido adulterado por modernas construcciones de cemento.Muchas de las casas antiguas tienen ventanas cubiertas por vigas de madera y sin cristales, y no pocas de ellas serían en Alemania condenadas al derribo inmediato por suponer una amenaza peligrosa. Sin embargo, están llenas de vida y se puede ver a sus inquilinos aglomerarse en los ruinosos balcones y conversar con sus vecinos o con conocidos en la calle. Las personas que en general viven en este privilegiado lugar no son, como sería de esperar en una zona equivalente de una ciudad alemana, los más ricos, sino que en general son gente humilde.

El malecón

Llama la atención que en la calle los niños de cualquier color de piel juegan juntos (por cierto, con los juguetes más originales y de fabricación propia que uno pueda imaginarse); si se confía en las imágenes que refleja la calle, parece que ya no existe el racismo en Cuba. Asimismo sorprende la cantidad de obras que se acumulan en torno al paseo en espera de la ayuda extranjera que completará su renovación. Aun cuando no llegué a ver a casi ningún trabajador en estas obras, los vecinos con los que hablé son optimistas sobre la rapidez con que la Habana será de nuevo una ciudad tan linda como antes...

Hoy sin embargo todavía molesta la suciedad en las aceras con latas arrojadas y restos de papel. Y la costa es de piedra y en las aguas del mar flotan objetos indefinidos. Este ataque estético contra los ojos de la mayoría de los alemanes parece no importar a nadie.
La calle es ruidosa y caótica, pero no por los coches, ya que incluso en las horas punta se ven pocos automóviles. El paseo es un paraíso para peatones y ciclistas, no por motivos ecológicos sino sobre todo por la falta de combustible, lo que provoca que cualquier viaje que supere las posibilidades de una bicicleta se convierta en una aventura. (Pero sobre esto más adelante).

El malecón
El malecón

La escasa presencia de coches le imprime a este paseo un carácter que a otros les falta: mucho espacio para pasear. Todo marcha aquí más despacio de lo que estamos acostumbrados nosotros que llegamos de la febril Europa. Sin embargo, en el Malecón uno debe tomarse tiempo, porque hay mucho que ver, aunque mejor desde el atardecer que no durante el día, a causa del calor. Entonces están las casetas y quioscos abiertos que venden ron y cerveza y el hit de la comida, pequeñas pizzas, a precios muy baratos, que el turista nunca sabe si pagar con pesos o con dólares.

A veces es necesario llevar un vaso a los quioscos para que te den la bebida, cuando es a granel, porque los vasos de papel son un objeto preciado que se usa hasta que se rompe.
¿Qué es lo excepcional por la noche en el Malecón? La atmósfera y la luz cálida de la calle, llena de música y gente que bailan con el ritmo en la sangre (perdónenme el tópico). Es difícil no dejarse contagiar por la espontaneidad y la expresividad de la gente, ya que como extranjero eres objeto de la curiosidad de los cubanos y todos quieren conocerte, hablar o bailar contigo; especialmente en torno al 25 de julio, día nacional, época en que yo visité Cuba. Entonces empieza el carnaval, cuya duración oficial es de dos semanas y que sin embargo todavía seguía cuando yo dejé la isla cuatro semanas más tarde, sin que nadie pudiera decirme cuándo terminaba realmente. Esto es típico en Cuba y su capital. La vida es dura y complicada, pero nadie se muere de hambre y siempre hay una razón para festejar y disfrutar de la vida.

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