Archivo  

 

Último día de las Fallas. Una excursión a Valencia.

por Detlef Zunker

ver animación de la cremà de la falla del ayuntamiento

 

Petardos y Fallas por la calle

 

 

Mujeres vestidas con el traje típico de "Fallera"

 

 

Versión en alemán

Cuando a mediados de marzo de 2003 descubrí en el tablón de anuncios de mi Escuela de Idiomas en Madrid esta oferta cultural, estaba claro que la aprovecharía. Por desgracia nadie de mi curso quiso apuntarse y a la sesión informativa que ofrecieron en la Escuela fui el único asistente.

Dado que el organizador del viaje no era la propia escuela, sino una agencia juvenil de viajes, en las cercanías de la Puerta del Sol, el precio no fue demasiado caro, si tenemos en cuenta que en esas fechas es casi imposible viajar a Valencia: 35 €.

El 19 de marzo, a las 9 de la mañana, nos esperaban siete autobuses en la Plaza de España, que, poco después, se habían llenado hasta el último asiento e iniciaron el viaje.

Antes de nuestra llegada, unas cuatro horas y media más tarde, recibimos del responsable de la organización en nuestro autobús, una fotocopia con un plano y algunas informaciones. Nos despedimos sobre la una y media del mediodía hasta la vuelta. No hubo ninguna oferta de visita guiada o detalles más concretos sobre la fiesta de las Fallas. Así que me quedé un tanto sorprendido, cuando nada más poner el pie en el centro de la ciudad oí ya petardos: una sinfonía impresionante de ruido, una ola ascendente de estruendo, que se apoderaba de los oídos y el cuerpo. La ciudad entera parecía sepultada bajo una nube de fuegos articiales y humo. Cuando pude volver a oír más o menos, me di cuenta de que empezaba de nuevo en las cercanías, pero antes de llegar, los petardos ya habían dejado de sonar.

Entonces de pronto volvió la calma y me pregunté qué es lo que estaba pasando y si habría más cosas que no debía perderme. En un kiosko encontré un folleto sobre las Fallas de 2003 y comprobé que realmente habíamos salido muy tarde de Madrid, porque el lanzamiento de pertardos ya casi había finalizado al llegar al centro de la ciudad. Asimismo me pareció poco acertada la hora fijada para salir de vuelta, la una y media de la noche, ya que si la cremà empezaba a la una, estar en la parada de autobuses media hora más tarde era poco realista.

Como las siguientes actvidades programadas, según el folleto, no comenzaban hasta las 22 horas, tenía mucho tiempo para recorrer la ciudad y admirar la Fallas, las figuras de cartón piedra que después son quemadas. La altura de estas "esculturas" es sorprendente y recuerdan el ambiente de las fiestas de carnaval.

Es difícil para el turista sin compañía del lugar entender el sentido de las Fallas y lo que cada una representa, y desde luego, imposible verlas todas en un día. Según los datos oficiales, había 370 fallas y 368 infantiles, de las cuales algunas llegan hasta los 30 m. Más interesante me pareció utilizar el tiempo libre para conocer la arquitectura y el ambiente de Valencia. El motivo principal para haber realizado esta visita era que en comparación con Madrid, donde el tiempo en Marzo todavía era algo frío, Valencia se mostraba ya veraniega y los habitantes ocupaban las calles. En todas partes donde había verde o plazas, se podía ver a personas sentadas en el suelo; disfrutaban del sol, se reían y hablaban. El centro de la ciudad estaba repleto de gente que se movía por las calles y se complacía en formar parte de ese escenario al aire libre. Además resultaba muy agradable que el pasear no se viera entorpecido por coches, puesto que por amplias zonas del casco antiguo no está permitido el tráfico.

 

Una de las Fallas

 

 

Por la tarde surgió la posibilidad inesperada de pasar el final de las Fallas con una amiga valenciana. Me propuso ver la cremà desde la Plaza del Ayuntamiento. Consiguió que asistiéramos el espectáculo desde el edificio del Ateneo, uno de los lugares centrales en la plaza, y por si fuera poco, desde uno de los balcones.

Era casi posible tocar con las manos el ambiente de tensa expectación que provenía de los cientos de miles de personas reunidas en la plaza para contemplar el punto culminante de las fiestas, la quema de la falla del ayuntamiento; y cuando comenzó se demostró que no sin razón se dice que Valencia es la tierra de los fuegos artificiales. La plaza se cubrió de una atmósfera mágica, que en algunos momentos voliía a la realidad, al gritar las masas, cada vez con más fuerza: ¡No a la guerra!, ¡No a la guerra! Entonces, como remate final, llegó la cremà de la enorme escultura que se convirtió en un mar de luces.

 

La cremà del ayuntamiento


Ya era la una y media. Demasiado tarde para estar puntualmente en el lugar de salida del autobús. Cuando por fin llegamos sobre las dos, los autobuses ya se habían marchado. Aparentemente era más importante para la organización una llegada más temprana a Madrid que darnos la posibilidad de disfrutar del espectáculo hasta el final. No sé cuántos más perdieron también el autobús, pero a mí me brindó la posibilidad de pasar otro día en Valencia y conocer algo más de su vida cotidiana. Una ciudad que no sólo merece una visita en el tiempo de las Fallas.

 

arriba