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Lleida: la España desconocida

Portal del Angel

A partir de este número iniciamos en Tierra de nadie una serie dedicada a una provincia española poco conocida, queremos con ello marcar el inicio de un viaje sentimental que nos lleve más allá de lo que, inevitablemente y, por supuesto con razón, aparece en las guías turísticas dedicadas a España o Latinoamérica.

Juan Carlos Benavente

Desde la lejanía

A pocos quilómetros de la costa mediterránea, en la comunidad autónoma catalana, está situada la única provincia de Catalunya que vive de espaldas al mar y cuya geografía la determinan al norte los picos y las nieves del Pirineo. Lérida, Lleida en catalán, es incluso para la mayoría de los españoles, una desconocida, y, sin embargo, es una provincia donde se encuentran comarcas casi desérticas, viñedos, inmensos campos de frutales, algunas de las más prestigiosas estaciones de esquí de España y una fascinante ruta de iglesias románicas y góticas diseminadas entre las montañas en enclaves bellísimos. Acaso sea un privilegio ser una desconocida.

Para mí esa tierra es mi memoria, mi infancia, el lugar al que regreso a pasar unas vacaciones que poco tienen que ver con las noches veraniegas junto a la playa, rodeado de sangría, paellas mal cocinadas o piscinas atestadas de bañistas insaciables.

Lleida no existe, decimos muchas veces los leridanos, apenas se la conoce, apenas se la nombra en los diarios, no posee monumentos conocidos internacionalmente y lo más famoso no parece pertenecer a la provincia, sino a esa muralla de montañas que podrían ser una provincia o una región en sí mismas: los Pirineos. Vista desde las alturas, descendiendo por los ríos que nacen de sus nieves para acabar regando la fruta que después consumimos incluso en Alemania, Lleida es una inmensa llanura que se adentra en la dureza de las tierras interiores de la península ibérica.

Últimamente se encuentran vinos del Costers del Segre, denominación de origen de los vinos de la zona, e incluso pueden comprarse truchas del río Segre, el río que cruza la capital de la provincia, en los supermercados o en las bodegas alemanas, como si, al menos en el ámbito comercial, esa zona de España despertara de un sueño profundo para salir del anonimato.

Y hay algo en ese anonimato, en las iglesias apenas visitadas, cerradas al público la mayor parte del tiempo, que le concede a la ciudad y a la provincia de Lérida un cierto aire medieval, de tiempo estancado, de provincianismo del que sus habitantes difícilmente podrán liberarse nunca a pesar de los intentos de los ayuntamientos y los organismos municipales por presentarla como una zona moderna, competitiva en el nuevo orden mundial. Lleida es no sólo una parte de esa España desconocida, es también la España medieval.

Las murallas de la ciudad, la Catedral vigilante desde lo alto de una colina, calles estrechas, paseos para peatones en los que los edificios de los siglos pasados se mezclan con las tiendas de diseño más vanguardista, construcciones anónimas de los años 60 y 70 crean un marco desordenado, donde el exceso de cemento y la falta de zonas verdes confunden al visitante, ofreciéndole impresiones contradictorias. Y seguramente, Lleida, como muchas otras ciudades de provincias, donde según palabras de una visitante amiga, la gente parece ir siempre vestida como de domingo, es un lugar donde sólo es posible vivir si se ha tenido la suerte o la desgracia de haber nacido allí y haber aprendido que la vida puede ser también lenta, medieval en ocasiones, carente de grandes acontecimientos, y, al mismo tiempo, plena e incluso feliz.

La catedral

Hoy cuando la visito, después de tanto tiempo en el extranjero y pese a pasar al menos cuatro meses al año en mi refugio leridano, me resulta difícil expresar los sentimientos que me provoca o contestar a la pregunta de si me resultaría posible, tras haber conocido la fascinación de la gran ciudad, volver a vivir en ese lugar, dormido en su propio paso del tiempo, que me vio nacer.

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