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MEMORIAS

 

Después de muchos años viviendo en una ciudad ajena, hablando una lengua que no es la propia, compartiendo las horas con quienes se formaron a través de vivencias y paisajes tan ajenos a los propios, el viaje sentimental no tiene nombre de pais ni tan siquiera forma en un mapa, pierde fronteras al tiempo que se delimita y se reduce. La patria es la memoria. Hoy mi patria no es un pais mediterráneo, una ciudad o una región, no es un sentimiento de pertenencia a una cultura o una nacionalidad. La patria es el lugar al que siempre deseamos regresar, el lugar en el que pensamos sin motivo ante una imagen que nos conmueve o nos enfurece o nos entristece. Hoy esa patria es solo un patio de paredes blancas mal encaladas, de flores en maceta y de sol abrasador y un escritorio junto a una ventana desde la cual las macetas, las flores y las paredes encaladas protegen la vista del espacio, más allá del muro, donde empieza la patria de los otros.

 

 

 

 

 

EL DIA DEL SILENCIO

 

En memoria de Adela

He visitado todas las primaveras de mi vida
el jardín caduco donde la infancia
se enmarañaba en el fuego de agosto
y el hedor nostálgico de un pantano.
He escuchado de nuevo la canción de las ranas,
la sorpresa de un grillo extraviado bajo el armario,
he vuelto a ver la luz tranquilizadora
y lejana de las luciérnagas.
Sin embargo todos los sonidos se perdían
en el murmullo de un manantial reciente
que nace de una vieja cañería reventada;
y pienso en la torpeza del hombre
cuando intenta imitar a la Naturaleza.

Hoy todo es confuso.
No he olvidado el ruido de las aspas
de un ventilador primitivo luchando impotente
contra la furia del sol sobre el cemento,
ni el resplandor de las paredes encaladas
a las eternas cuatro de la tarde,
cuando el sopor de la siesta extendía
su dominio sobre las voces
y los juegos de la infancia.
Recuerdo con nitidez el orden inmaculado
de los secretos armarios cargados de sorpresas
y de ramas de tomillo y lavanda y las larvas
redondas y herméticas de las mariposas;
recuerdo las ristras de guindillas maduradas
a la sombra de una cocina de ángeles
oliendo desde siempre a bosques calcinados.
Y recuerdo una presencia en continuo movimiento,
abriendo y cerrando puertas y ventanas,
corriendo los mosquiteros a las nueve de la noche,
en el instante brevísimo que igualaba las luces
de las estrellas y de las lámparas.
No importaban las grietas del suelo,
no importaba el calor de tardes muertas.
nunca un instante fue igual a otro.
Nunca dos madrugadas templadas e inmóviles
repitieron un olor o un sonido;
eran los mismos sonidos y, sin embargo,
nunca fueron iguales.
Hoy, el silencio es siempre idéntico.

Lérida, primavera de 2002

 

 

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