Galería de personajes
Ventana de opinión
Literatura en la distancia
Archivo
Portada

En cierto momento intervino una ruptura en su alma, en su existencia, y a partir de aquí todo empezó a cambiar. Cada día se sentía más incómodo, más triste, más desilusionado. La gente de su entorno ya no lograba hacerlo sentirse bien, ya no lograba apartar su tristeza. El trabajo quedó en un atolladero: las conversaciones no llegaban a una conclusión, los contratos ya no se firmaban, se paró el intercambio de mercancías que hacía entre la empresa de Cluj y otras de España. Todos los días pasaban en un continuo e inútil intento de arrancar el negocio otra vez y el sentimiento vivido era el de impotencia, hasta de aburrimiento a veces. Y si los días laborables pasaban de alguna forma, porque estaba con la gente e intentaba hacer el trabajo, los fines de semana eran muy duros: ya no salía, no iba de visita y casi nadie le visitaba. Muchas veces me decía que se sentía como un perro de la calle que no tenía un lugar suyo, porque en realidad se había distanciado de España, pero se sentía extranjero en Rumania. Su vida estaba vacía en medio de tanta vida que vibraba a su alrededor. A veces lloraba de verdad, estaba de mal humor, se le veía la amargura en la cara.

Poco a poco se sumaron muchas razones para dejar este país y regresar al suyo. Por una parte, la gente de Rumania le gustaba por ser divertida, abierta, sincera, amable. Sin embargo sólo el aspecto del divertimento era común con el suyo. En cambio, la forma de hacer negocios de los rumanos era muy distinta de la suya. Los rumanos mostraban una mezquindad, un cinismo, una mentalidad obtusa que procedían de la época comunista de la cual habían salido hacía poco tiempo y que él no podía comprender, ni tolerar. Por último, su familia estaba por separarse de verdad, la relación con los suyos se había vuelto siempre más fría, más lejana y él sentía perder todas sus raíces. Además el no tener una vida en Rumania lo hacía observar la distancia que se creó entre él y su esposa, entre él y sus hijos que al fin y al cabo eran lo mejor que tenía.

La vida de este señor en mí país terminó mal y los motivos, como ya se ve, fueron bien fundados: la soledad, el vivir sin familia, el mal funcionamiento de los negocios, la dificultad de establecer una relación correcta de trabajo con los rumanos, la desconfianza con su socio en España. Quizás su sensibilidad extrema, que no vi en ningún otro hombre, lo hizo caer en un pesimismo sin salida, sin esperanza. Hasta un cierto punto hubo una adaptación muy buena, pero cuando algo empezó a funcionar mal, fue fatal, fue como el abatimiento de un bloque entero después de la caída de una sola piedra. Y su única solución fue dejarlo todo y volver adonde por lo menos tenía un pasado y unos recuerdos.

Queda para nosotros dos una experiencia inolvidable, el contacto entre nuestras culturas y nuestras mentalidades añadió un matiz más a nuestra personalidad. Aunque los dos nos quedamos con un sabor amargo, el tiempo pasado juntos contribuyó a nuestra formación, nos enseñó algunas lecciones de vida muy preciosas, nos ofreció la oportunidad de tener esta cercanía, esta proximidad de puntos de vista, imprescindible para un verdadero intercambio entre extranjeros, entre culturas.

Camelia-Meda MIJEA