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  Las fronteras del alma
Corta historia de una experiencia de vida

   

En 1998 conocí a un señor español que había venido a Rumania para asuntos de negocios. Fue un acontecimiento feliz para los dos, porque yo estaba en busca de un empleo y él en busca de una secretaria para su nueva empresa constituida en Rumania. Hacía años que él venía a Rumania para hacer estudios de mercado o para llevarse muestras de diversos productos, pero sin vivir aquí efectivamente, y tenía ya varios amigos. Le gustaban el país, la gente, los lugares, la comida... Además era beneficioso para su trabajo el coste barato de la mano de obra rumana, lo que le permitiría ganar bastante. Así que Rumania le pareció el campo ideal para desarrollar sus negocios y particularmente la ciudad de Cluj-Napoca, donde había estado por más tiempo y la conocía bastante bien. Las relaciones con su familia se habían vuelto bastante tensas y ésta fue una razón más para tomar la decisión de venir a vivir a Rumania, de establecerse prácticamente aquí. Quiero precisar que si hablo en pasado es porque este señor ya no está en Rumania, sino regresó a España y no sé nada más de él.

Un año y medio más o menos duró su estancia aquí y durante este tiempo se construyó una vida nueva, conoció a mucha gente y trabó amistades, viajó por el país, se distanció un tanto de su vida de España y se adaptó muy bien al estilo de vida de aquí. De todas formas, entre la gente de nuestros pueblos siempre ha habido una afinidad en la forma de pensar debida al común origen latino. También los negocios iban bien. Fijaba citas con empresas de Cluj y de otras ciudades y viajaba para crear nuevos contactos, para recoger muestras, ofertas de mercancía y de precios, acompañado por mí en calidad de traductora.

Su presencia aquí fue para mí también un beneficio claro, porque me dio la posibilidad de aprender muchísimo sobre los negocios, sobre las relaciones interhumanas. Siendo encargada del trabajo de secretaría, de traducciones y de relaciones con el público, tuve que hacer cosas que no había hecho nunca y habituarme a eso. No me fue difícil, porque pude contar con su comprensión y con su apoyo. Además, él me dijo desde el principio que prefería contratarme a mí porque mi inocencia en este campo le garantizaba mi dedicación al empleo, porque yo podía empezar desde cero sin introducir cosas ya sabidas de otra parte, por otros medios y por otro sistema. Y de verdad hicimos una “pareja” extraordinaria, en la cual nunca se sentía aquella distancia característica de las relaciones jefe-empleada. A pesar de que yo tenía 24 años y él 50, hablábamos de manera abierta sobre todo, nos aconsejábamos, nos comprendíamos muchas veces únicamente con las miradas y también mantuvimos nuestra relación dentro de los límites de una bella amistad.

Vista desde fuera, la historia de adaptación de este señor al país fue muy interesante, pero también triste. Empezó bien, con divertimiento, amistades, salidas. Le encantaba descubrir los sitios con “carácter” rumano, la tradición, y me contaba las diferencias con los de España. Los amigos lo rodeaban, los negocios funcionaban bien, de vez en cuando iba de visita a su casa y siempre regresaba con nuevas fuerzas para seguir adelante.
      Pero las cosas cambian